Ricardo Arispe

Un paisaje que calma


Los cimientos de un país

Nuestra mirada se ha acostumbrado tanto a la pesadumbre, al desencanto y el desasosiego que muchas veces olvidamos que por debajo –y aún por encima– de la Venezuela escindida por la política, de la Venezuela de la que hay que emigrar, de la que angustia y duele, de la que se nos quiere imponer en contra de nuestra voluntad, existe otra menos herida, menos dolorosa y adolorida.
Ese otro país es el que ha captado el fotógrafo Ricardo Arispe, quien, de momento, deja la fotografía digital para captar estas imágenes a la vieja usanza: con una cámara Holga, en película, que más allá de los tecnicismos, le ha conferido a las fotografías que aquí se exponen, una profundidad de campo, una granulación y una luminosidad cercana a la literatura naturalista pero a la vez crítica de un Juan Rulfo.
Más allá de un interés antropológico, en el trabajo de Arispe se impone una especie de documentalismo que acepta sin falsas poses la subjetividad de quien encuadra, enfoca y acciona el disparador de su cámara una vez que la realidad lo cautiva, que los elementos de la composición se ajustan a los términos de lo que para él es bello y significativo.
En esta serie, Ricardo Arispe se acerca sin prejuicios o intenciones científicas a expresiones tradicionales como La Zaragoza, con la que en Sanare honran a los Santos Inocentes, con su anciano Capitán Mayor y la inusual integración figuras conocidas como los “Diablos”; o una procesión de la Divina Pastora, también de Lara, en la que tiene cabida la protesta de un creyente de una fe distinta y que opone a la adoración de un “muñeco” y que proclama el amor que por él tiene Dios, su Dios…
El viaje (a la semilla) que emprende el fotógrafo, nacido en Barquisimeto en 1980, incluye también el paisaje, y al hombre en perfecta armonía con él. De allí el formato panorámico de las nueve imágenes que integran la muestra, que cuenta con la curaduría de Ricardo Jiménez.
El contraluz de un niño a orillas de la laguna de Ologá (Zulia), lugar donde nace el Relámpago del Catatumbo; la energética grandiosidad de los tepuyes Kukenán y Roraima, en Bolívar, donde las nubes parecen encontrar un lecho donde descansar el tiempo que el viento se los permita; y dos guías pemones, Milagros y Ricardo, que sonríen transparentes ante el fotógrafo, aportan a este breve trayecto que propone Ricardo Arispe el marco perfecto para (re)descubrir a esa otra Venezuela de valores primigenios inalterables, de cimientos inamovibles… El país que, sin éxito alguno, pretende silenciar y borrar, la diatriba política, esa ensordecedora y limitada visión del poder…

Juan Antonio González
Caracas, abril 2015


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