Ciudad Parafraseada de Julio Iribarren

A cada cual su aura

La ciudad nos habita. Al mirarla nos miramos como en un juego de espejos en el que la memoria baraja jerarquías, enarbola mitos; divide para reinar. Transitando sus calles , a cada vuelta de esquina apenas si nos espera la confirmación de una imagen que ya nuestro recuerdo manipulaba con el mayor desparpajo y naturalidad.

En este vibrante conjunto de imágenes que hoy podemos admirar, Julio Iribarren registra como en una libreta de notas, sus impresiones sobre el paisaje urbano, subrayando siempre la noción de inmediatez , la simultaneidad, en esta relación en la cual lo que se ve, lo observado, comprende igualmente la circunstancia personal del observador; su vínculo complementario e indisociable con la imagen en la estructura final de la representación. En el fondo está siempre Caracas, a manera de retícula sobre la que la imagen habrá de develar sus propios enunciados, su particular gramática. Mas no debe uno llamarse a engaño pensando que esa red, ese trazado magistral, es un referente estático. Allí Caracas está siendo, deviene; se mueve en el borde brumoso que separa el día de la noche, emerge desde el sueño o fluye hacia él.

Delante, como si se tratara de una escritura sobrepuesta en la que enunciados y tachaduras se alternan, está planteada la relevancia del instante presente; el ojo afanado en el comentario expresado a galope con la circunstancia vivida, trasvasando contenidos, fragmentando, agitando. Mezclándolo todo mediante ágiles trazos que la mano estremecida ejecuta y da a ver: delante está la vida revelándose.

Todo esto ocurre a través de un juego en el que la luz sirve de medio a la ejecución de grafismos que pervierten la visión “normal” del paisaje creando una suerte de gestualidad relampagueante, una escritura hecha de espasmos de luz. Esa gestualidad se articula algunas veces como si se tratara de anotaciones al margen o realizadas en torno a un elemento de la imagen subyacente; otras, provoca contundentes desplazamientos sobre su superficie que, como en un deslave, dan pie a nuevos enunciados visuales en los que esta vez triunfa una expresión pictórica de lo fotográfico. Otras veces, en alto contraste, se oponen limpiamente a un fondo plano las formas, estas sí, ricas en matices de materia abandonada a su propia turbulencia consumiéndose en su propia energía.

En esta ciudad parafraseada por Julio Iribarren la gente, los otros, no están. Y no parece haber en tal mirada un reclamo particular; es tan solo una evidencia resultante. Apenas si los presentimos allí, a los otros, transitando encerrados en sus burbujas individuales, ajenos, remotos, liberando en el paisaje la estela entrecortada de su frenesí; o bien, guarnecidos en sus desdibujados apartamentos; siempre, en un asunto de halo significante, de energía radiada; a cada cual su aura.

Julio Pacheco Rivas.

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