Era Extraña

Era Extraña

Lo extraño es lo familiar que de pronto se nos hace desconocido. Así definía Freud una de las formas con que el sujeto tomaba conciencia de sí mismo. Toda revelación de la propia identidad comienza con cierto extrañamiento. La invitación fotográfica de estas cinco miradas femeninas sobre nuestra época nos ofrece, de este modo, una doble revelación. Por un lado, un mundo que se aleja de la comprensión; por otro, la observación aguda que nos acerca al autodescubrimiento. Esta doble extrañeza –la del mundo y su visión femenina–, sin embargo, no implica una doble realidad. Por el contrario, se trata de la manifestación de un solo plano especular que se interpone entre la mirada y su objeto, como el reclamo de una instancia que había sido hasta entonces invisible y decide revelarse de una forma intempestiva. Toda revelación es la forma inaugural, y la condición fundamental, para que ocurra una rebelión.

Así lo demuestran las fotografías de Julita Jansen y de Mariflor Blaser. En ambos trabajos, la extraña verdad de nuestra época se manifiesta en la temporalidad de un viaje, de un recorrido, de un transitar que se condensa en un solo punto que quiere estallar. Ese punto puede estar atravesado por la ventanilla de un vehículo, por la vitrina de una tienda o por un vacío que se ha hecho demasiado palpable. Pero siempre nos topamos con la distancia inexorable de una visión que se descubre a sí misma antes de encontrar al mundo. En Jansen, esta visión se halla asimilada a la epifanía de lo cotidiano, donde una instancia casi supernatural aparece como manifestación femenina: como una virgen escondida en un rincón o como la mujer universal de un afiche malogrado. La visión de Blaser, a su vez, ve el punto desde el paisaje, la intensidad de un momento desde la extensión de una inmensidad que no se puede encuadrar tan fácilmente; la feminidad que escapa de una visión demasiado reticular, por medio de una lúdica indiferencia y a través de sus márgenes rebeldes.

En la mirada de Gaby Alayón encontramos la superposición del tiempo y el espacio en una superficie que, sin ser propiamente temporal o espacial, muestra la existencia humana como suspendida en sí misma. Lo extraño aquí significa abandono pero no desolación, como si la realidad estuviera de reposo o de vacaciones y al sujeto le tocase, entonces, ser el único responsable de las cosas.

Este abandono, gracias al trabajo de María Loreto, se nos desnuda en la sombra inmarcesible de lo humano, pintada sobre las paredes del mundo. La humanidad, que deambula, en sus vestigios, en la imagen furtiva y repentina, es sin embargo la única garantía que permite, en su fragilidad, dar sentido al espacio urbano que desampara a sus transeúntes.

El peligro de este desamparo nos lo sugiere el lente contestatario de Simonetta Felici-Ridolfi. En sus imágenes sin concesiones, la dignidad del prójimo permanece de pie en lo más profundo del dolor. Ni la miseria, ni la represión, ni la violencia, ni la soledad son suficientes para destruir ese punto de humanidad sin el cual el único destino de semejante extrañeza sería la destrucción de toda civilización. Si es necesario rehacer el mundo desde su ruina, solo basta que aparezca el rostro de la humanidad.

Para Aristóteles, el mirar era una forma del tocar; de poder palpar la realidad más allá del alcance de nuestro cuerpo. En este caso, es la mirada femenina que ha ido más allá de su corporalidad, como para abrazar con ternura a un mundo que ha perdido su camino. Es un ver que tiende su mano al hombre, que no es sino un niño perdido en una dudosa realidad, para que pueda volver a extraviarse junto a una mejor compañía.

Erik Del Búfalo
Caracas, octubre 2014.


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